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The Shoe Project: My Valentino Shoes

The Shoe Project was initiated and is directed by Canadian novelist and journalist Katherine Govier, and is sponsored by the Mary Tidlund Foundation and the Bata Shoe Museum.

I bought my first and only pair of Valentino shoes in Italy in 2007. Designed for what I believe are special occasions, these shoes became an idea of moments I wanted to experience in my Canadian life. They are also the most expensive investment I have ever made and ever will, when it comes to my limited shoe collection.

Story/Photos: Elizabeth Meneses Del Castillo

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I was window shopping in an Italian outlet mall, an hour from Rome. I had visited the Valentino store twice before I seriously began to consider buying the shoes that I fell in love with at first sight. I checked the heels, smelled the sole, and tried them out, walking this way and that. I finally decided to spend 160 euros—around $320 Canadian dollars at that time—on this pair of shoes.

Buying those pricey shoes made me feel different. I was entering the big leagues of shopping. It wasn’t just a pair of shoes in front of me at the store, but the symbol of a love story—according to my interpretation of the brand ‘Valentino’ in the fashion world.

I learned about brand names while living in Canada. I was exposed to magazines, to the red carpet at the Oscars, and to entertainment and fashion television shows where glamorous people wear Valentino and look absolutely beautiful. To be honest, before coming to Canada, my shopping was limited to the local Colombian manufacturers and retailers who have made a big name among, well, Colombians.

I loved the romance behind the style of Valentino’s designs. But those ideas were definitely too expensive for me to have, considering I was an immigrant woman who was working as a community reporter for a Spanish language newspaper in Toronto. I had an extremely modest income.

Travelling and shopping were a break from college and work. Italy was a luxury that I could afford, thanks to my discipline with money. And the shoes could be too. So there I was in Rome, hypnotized by these beautiful pink shoes that made me dream of a better place in life, giving me hope for many experiences and places that were yet to come, and allowing me to fantasize about where these shoes would bring me: elegant restaurants, maybe? Romantic nights? Hopefully. Red carpets—why not? Cannes was on my to-visit list during that European trip, after all. Lost in my dreaming, I handed over my credit card.

Back to reality, and to Toronto. My Valentino shoes spent a couple of months in my closet before that special occasion finally came. I was assigned to cover the visit of former Governor General Michäelle Jean to a refugee house in Toronto. I put on my light-blue linen suit that everyone thought was Italian, and I never told them otherwise. It was made by a gifted Colombian modista (dressmaker). I left my basement apartment feeling amazing, and walked three blocks to the bus stop wearing my beautiful Valentino shoes for the first time. Waiting for the 29 bus, I was already thinking that the shoes felt funny. But this was my first date with them, and when you’re in love, even if it’s with shoes, those little details really don’t matter. I then got on the subway, walking confidently but carefully, protecting the pointed shoe from potential scratches, and watching that the heels didn’t get stuck between tracks and that nobody stepped on my beloved treasures.

At the refugee house, the media weren’t allowed to go inside, so I was waiting outside the door when a limousine arrived and the governor-general came out, walking straight toward me. Smiling, she shook my hand and with natural confidence, I said, “Nice to meet you!” I introduced myself while she seemed to be waiting for directions. For a minute or two, nobody was there but us.

Finally, two women—one of whom was the director of the refugee house—jumped between us and walked her inside. Thirty minutes later, I was allowed to go in. I talked to the refugees about their conversation with Her Excellency and then walked alongside her to the back of the building where graffiti art that was painted especially for her was unveiled. She was friendly, and for a few minutes, I felt that I was a part of the same world as the governor-general, the Canadian world, the world of accomplished people and, yes, the glamorous world.

It was all thanks to my Valentino shoes, obviously.

By the end of the event, I couldn’t take one more step with those shoes for one simple reason. My feet were killing me and the shoes were slippery. They weren’t designed for the adventure I had subjected them to. They were better suited for walking on a carpet, preferably a red one.

My Valentino shoes are still with me. They haven’t walked me to many places, but they remind me to dream high. So I do.

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THE SHOE PROJECT:
Mis Zapatos Valentino

Historia/Fotos: Elizabeth Meneses Del Castillo

“The Shoe Project” (El Proyecto de los Zapatos) fue iniciado y es dirijido por la novelista y periodista canadiense Katherine Govier, y lo patrocina la Fundación Mary Tidlund y el Bata Shoe Museum.

Compré mis primeros y únicos zapatos de marca, Valentino, en Italia en el año 2007. Fueron diseñados para lo que considero yo fueran ocasiones especiales, y se convirtieron en la idea de los momentos que quería experimentar en mi vida Canadiense. Han sido tambien la inversión más grande que he hecho en mi vida en lo que a colección de zapatos se refiere.

Andaba de compras en un centro comercial de descuentos a una hora de Roma. Había visitado la tienda de Valentino un par de veces antes y consideraba seriamente en ese momento comprar los zapatos de los que me había enamorado en cuanto los vi. Revisé los tacones, inhalé el aroma de sus suelas y me los probé, caminando de un lado a otro. Finalmente resolví gastar los 160 Euros– $320 dólares Canadienses con el cambio– por este par de zapatos.

El comprarme este par de zapatos caros me hizo sentir diferente. Sentí como si entrara por fin a las grandes ligas al salir de compras. No eran solamente un par de zapatos frente a mi, sino un símbolo de una historia de amor, según mi interpretación de la marca Valentino en el mundo de la moda.

Aprendí todo sobre las marcas de ropa en mi vida canadiense al leer las revistas de moda, mirar por televisión el show de la alfombra roja al inicio de los Oscars y viendo programas de entretenimiento y moda donde gente glamorosa se visten de Valentino y lucen bellísimas. La verdad es que antes de llegar a Canadá ir de compras para mi significaba comprar productos de renombre que se fabrican y venden en Colombia para, bueno, los Colombianos.

Me encantó el romance de los estilos que conforman los diseños de Valentino, pero esas ideas eran definitivamente demasiado caras para mi, considerando que en ese tiempo era una mujer inmigrante que trabajaba como reportera comunitaria para un periódico Hispano en Toronto, con un salario bastante modesto.

Ir de viajes y de compras eran mi pausa necesaria de los deberes de estudio y laborales. Italia fue un lujo que pude costear, gracias a mi buena disciplina en el manejo del dinero. Y los zapatos podrían serlo tambien. Asi que me encontré alli, en Roma, hipnotizada por estos bellos zapatos color rosa que me permitirían soñar con un lugar mejor en mi vida, y me darían la esperanza de soñar con experiencias y lugares que no llegaban aún, y que me alentarían a soñar sobre adonde me llevarían mis zapatos: a restaurantes elegantes, talvez? Noches de romance? Ojalá. Alfombras rojas? Porque no? Después de todo, Cannes estaba en mi lista de lugares por visitar en ese viaje a Europa. Asi me encontraba ensimismada en mis sueños cuando le pasé mi tarjeta de crédito a la cajera de la tienda.

De regreso en Toronto y de vuelta a la realidad. Mis zapatos Valentino pasaron un par de meses en mi closet antes de que llegara la ocasión especial de estrenarlos. Fue asignada a darle cobertura a la visita de la ex-Gobernadora General Michäelle Jean a una casa para refugiados en Toronto. Me vestí con mi traje de lino celeste que todos pensaban era Italiano– y la verdad es que nunca los corregí. Me lo hizo una modista Colombiana muy talentosa. Salí de mi apartamento sintiéndome fabulosa y caminé las tres cuadras hacia la parada de bus en mis bellos zapatos Valentino por primera vez. Cuando estaba esperando el bus, sentía ya que los zapatos se sentían raros, pero era nuestra primera cita oficial juntos, y cuando estás enamorada– aunque sea de tus zapatos– esos pequeños detalles no hacen ninguna diferencia. Entré al Subway, caminando con entera confianza pero cuidadosamente, protegiendo la punta de mis zapatos de cualquier rasguño, y con cuidado que los tacones no se trabaran entre las rendijas y que nadie pisara mis adorados tesoros.

En el hogar para refugiados no le permitieron la entrada a los reporteros, asi que tuve que esperar afuera el arribo de la limosina, de la cual salió la gobernadora general y empezó a caminar directamente hacia mi. Sonriéndome, me dio la mano y con una confianza muy natural le dije, “Un placer conocerla.” Me presenté con ella mientras ella parecía esperar las indicaciones para proseguir. Por un par de minutos no había nadie más a nuestro alrededor.

Finalmente dos mujeres- una de ellas era la directora del hogar para refugiados– se interpuso entre nosotras y la invitó a entrar. Media hora después se me permitió que entrara. Conversé con los refugiados sobre su charla con Su Excelencia y después caminé con ella a la parte trasera del edificio donde se develaría una obra de arte de Graffiti producida especialmente para esta ocasión. Ella es muy amistosa y por unos minutos me sentí como si me desenvolviera de forma natural en el mundo de la gobernadora general, el mundo Canadiense, el mundo de gente importante y porque no, el mundo del glamour.

Obviamente todo se lo debía a mis zapatos Valentino.

Ya para el final del evento, no pude dar un paso más con estos zapatos por una razón muy simple: el dolor en los pies me mataba y los zapatos se me deslizaban. Lo cierto es que no estaban diseñados para la aventura a la que los sometí. Habían sido diseñados para caminar en alfombra. Preferiblemente roja.

Tengo todavía conmigo a mis zapatos Valentino. No han caminado a muchos lugares pero me recuerdan siempre que tengo que soñar alto. Y es lo que hago.

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